Princesa surrealista
[...] Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas. [...] Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos engañarnos todavía más) [...]
Manifiesto surrealista de André Bretón
…] Para los surrealistas la obra nace del automatismo puro, es decir, cualquier forma de expresión en la que la mente no ejerza ningún tipo de control. Intentan plasmar por medio de formas abstractas o figurativas simbólicas las imágenes de la realidad más profunda del ser humano, el subconsciente y el mundo de los sueños. [...]
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Conexiones peligrosas de René Magritte.
Cerró los ojos. “No estoy loca, -susurró- no van a encerrarme en un manicomio. No”. Sintió una lágrima acariciando su mejilla. “Sólo es el aliento de bohemia. Patéticos seres sin sustancia”. La mediocridad de los que estaban a su alrededor la condenaba a caer en los abismos de lo absurdo. Sí, eso creía.
Se hacía llamar la princesa surrealista, y su caótico orden le mantenía en un hilo entre lo que llaman realidad y fantasía. Cada pestañeo suponía un mundo nuevo, un sistema incoherente donde lo común, lo mundano, no tiene cabida. “¡¿Qué saben ellos de normalidad?!”. Gritó. Pensó en lo minúscula que se sentía. Se quitó el vestido. Necesitaba palpar su desnudez. Miró a su alrededor: las paredes del estudio se hacían pequeñas. “Necesito aire”. Cerró los ojos, extendió los brazos, y empezó a dar vueltas sobre sí misma. Percibió que no era real, que se distorsionaba. “Stop” Ordenó su mente. Sin querer, paró frente al lienzo. Tenía que acabar la obra, pero no sabía si lo lograría. Ahora no importaba.
“Normal es ser excéntrico, estrafalario. Ser uno mismo, con las mejillas verdes y los ojos amarillos” Murmuró mientras se sentaba frente al cuadro. “Sólo son habladurías, ¿qué saben ellos de lo auténtico?”. Acarició sus senos. Sonrió. Miró a sus pies. Había una botella con un entusiástico líquido carmesí. “Lo que sí es real es este sabor, – tomó un trago- a lo mejor soy una vampiresa”. Paladéo hasta la última gota. Miró la botella y, por un instante, la furia se apoderó de ella. La lanzó contra la pared. El cristal se rompió en mil pedazos. Acarició el sonido. Cada uno de ellos era un trocito de su universo onírico.
Algo cambió. Su alma se desdoblaba y su nuevo “yo” tomaba posesión. Se daba el paso al imaginario destino de la noche. “Por fin, -dijo, mientras cogía un pincel- acabaré este grotesco espectáculo. Venid a mí, seres de lo absurdo, patéticas ninfas”.






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